Michel Foucault confesó que el sexo le parecía “aburrido”: qué lo fascinaba realmente y por qué importa hoy

Michel Foucault sorprendió a sus entrevistadores con una confesión que pocos esperaban: el sexo no era su verdadero interés intelectual. “Debo confesar que estoy mucho más interesado en los problemas sobre las técnicas del yo”, afirmó el filósofo francés en 1983, durante una serie de conversaciones en Berkeley con Paul Rabinow y Hubert Dreyfus. “El sexo es aburrido”.

La declaración, aparentemente provocadora, era en realidad la puerta de entrada a uno de los proyectos filosóficos más ambiciosos del siglo XX: una genealogía de la ética occidental que rastreaba cómo las personas se construyen a sí mismas como sujetos morales.

Para Foucault, la ética griega clásica no era un modelo a imitar sino un objeto de análisis. Lejos de la imagen romántica de una antigüedad tolerante, el filósofo fue tajante: “La ética griega estaba ligada a una sociedad puramente viril con esclavos, en la que las mujeres eran ciudadanas de segunda clase cuyo placer no tenía importancia”.

El amor entre hombres y jóvenes, lejos de ser una prueba de libertad sexual, era precisamente un problema para los griegos. “Si no hubiera ningún problema, hablarían de este tipo de amor en los mismos términos que el amor entre hombres y mujeres”, señaló.

Lo que fascinaba a Foucault no era el contenido de esa ética sino su forma. Los griegos construían su moral como una estética de la existencia: una elección personal, reservada a una élite, orientada a “vivir una vida bella y dejar a otros el recuerdo de una existencia hermosa”.

Michel Foucault confesó que el sexo le parecía “aburrido”: qué lo fascinaba realmente y por qué importa hoy

No había norma universal, no había ley que lo impusiera. Era una decisión estética y política.

El giro cristiano: del arte de vivir al arte de renunciarse

El contraste con el cristianismo era, para Foucault, el corazón del problema. La diferencia no estaba en los códigos de conducta, que en muchos casos eran similares, sino en la relación que cada cultura establecía con uno mismo.

En la antigüedad pagana, el trabajo sobre el yo era una práctica de libertad. En el cristianismo, se convirtió en renuncia y descifrado: el yo pasó de ser algo que construir a algo que abandonar.

“Entre el paganismo y el cristianismo, la oposición no es entre tolerancia y austeridad”, precisó Foucault, “sino entre una forma de austeridad ligada a una estética de la existencia y otras formas de austeridad ligadas a la necesidad de renunciar al yo y descifrar su verdad”.

La sexualidad dejó de ser acto y placer para volverse deseo, concupiscencia, carne: una sustancia moral que había que vigilar, confesar y erradicar.

Para ilustrar estos desplazamientos históricos, Foucault propuso una serie de esquemas sobre cómo cada cultura organiza la relación entre acto, placer y deseo.

Descartes separó conocimiento y moral; Foucault rastreó cómo eso cambió la ética occidental. Foto: AFP/Michele Bancilhon.

La fórmula griega privilegiaba el acto, con placer y deseo como elementos secundarios. La fórmula china ponía el acento en el placer, restringiendo el acto para maximizar su intensidad. La fórmula cristiana buscaba erradicar el deseo y neutralizar el acto. Y la fórmula moderna, según Foucault, privilegia el deseo teóricamente, lo libera en la práctica, pero deja al placer en un lugar impreciso: “nadie sabe bien qué es”.

Descartes, Kant y el sujeto sin ascesis

Uno de los pasajes más densos de las conversaciones de Berkeley es el análisis del quiebre que representó René Descartes en la historia de la ética occidental.

Hasta el siglo XVI, toda la tradición europea sostenía que para acceder a la verdad era necesario un trabajo previo sobre uno mismo: purificación, conversión, ascetismo. “No hay acceso a la verdad sin ascesis“, resumió Foucault.

Descartes rompió esa cadena. Al postular que bastaba con ser un sujeto capaz de ver lo evidente, separó el conocimiento de la moral. “Así, puedo ser inmoral y conocer la verdad”, señaló el filósofo. “Creo que esa es una idea que, más o menos explícitamente, fue rechazada por toda la cultura anterior”.

Immanuel Kant intentó reunir lo que Descartes había separado, pero lo hizo desde la razón universal, no desde las técnicas del yo. El resultado fue un sujeto ético regido por la conformidad a la razón práctica, no por un trabajo de transformación de sí mismo.

La pregunta que recorre toda la entrevista es, en definitiva, cómo construir una ética sin religión y sin ciencia como fundamentos. Foucault no ofreció una respuesta programática, pero sí una orientación.

Su pregunta final: si el arte solo refiere a objetos, ¿por qué no convertir la propia vida en obra de arte?. Foto: Archivo.

“Lo que me llama la atención es que, en nuestra sociedad, el arte se ha convertido en algo relacionado únicamente con los objetos y no con los individuos o la vida”, observó. “Pero, ¿no podría la vida de cada uno convertirse en una obra de arte?”, se preguntó.

La posición era más cercana a Nietzsche que a Sartre. Mientras el existencialismo francés recaía en la idea de autenticidad, la propuesta foucaultiana apuntaba a la creatividad: no descubrirse, sino construirse.

Una genealogía de la ética, no de la moral

La distinción que Foucault estableció en estas conversaciones resultó central para entender su proyecto en el contexto de Historia de la Sexualidad.

Según explicó, los códigos morales, lo que está permitido o prohibido, cambiaron relativamente poco a lo largo de los siglos. Lo que sí cambió de manera radical fue lo que él llamó la “ética”: la relación que cada sujeto establece consigo mismo para constituirse como agente moral.

Esa relación tiene cuatro dimensiones: la sustancia ética (qué parte del yo es relevante moralmente), el modo de sujeción (por qué uno reconoce sus obligaciones), las prácticas de sí (cómo uno se transforma para ser ético) y el telos (qué tipo de ser se aspira a ser).

En los griegos, la sustancia era el acto ligado al placer y el deseo. En los cristianos, pasó a ser el deseo, la carne, la concupiscencia. Esa transformación, y no el cambio en las reglas externas, era para Foucault el verdadero objeto de una genealogía de la ética.

Las conversaciones de Berkeley, realizadas en abril de 1983 y publicadas en la compilación Essential Works of Foucault. Volume 1: Ethics, Subjectivity and Truth, editada por Paul Rabinow, constituyen uno de los documentos más accesibles y ricos de la obra tardía del filósofo, quien moriría al año siguiente, en 1984, a los 57 años.

Nota generada con inteligencia artificial bajo supervisión y edición humana.

Fuente: www.clarin.com

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